Texto publicado en Zonas
de Silencio, editado
por la Rijksakademie van beeldende kunsten,
Amsterdam, 2001.
UNO
De las diversas figuras con que ha sido
imaginada la forma del mundo -jardín de edén, infierno,
oasis, factoría, museo, red, naturaleza virgen, jungla
urbana-, hay una más apropiada al actual momento histórico:
la figura de la esfinge. En una antigua tragedia griega -se recordará-
la esfinge aguardaba a los caminantes ante la entrada de la ciudad
a fin de arrojarles una pregunta enigmática. Quien no acertaba
a ofrecer la respuesta precisa, era devorado. Toda ciudad -y una
ciudad es en sí misma una horma cultural- responde y obedece
a una idea trascendente, a un mito basal o a sus despliegues culturales
plebeyos. O bien responde y obedece a la usura financiera, la
explotación de los trabajadores y a la necedad tecnificada
de sus políticos y administradores. Pero en ambos casos,
obedece. La creación cultural es la consecuencia de la
pugna siempre inconclusa entre las dos exigencias de obediencia.
Es decir, que la historia de una cultura es la historia de las
posibilidades que ella habilita u obstruye a sus poblaciones a
través de esa tensión tan incesante como insostenible.
Esa pugna asume la forma de una pregunta. La esfinge urbana propone
interrogantes casi insolubles a sus habitantes, en especial sobre
el dinero, el futuro y el deseo. Y toda ciudad desdobla y distribuye
ciertos recintos y rituales a fin de comprender provisoriamente
esos enigmas. A modo de ejemplo, prostíbulo, estadio de
fútbol y sala de cine acogen las preguntas lanzadas por
el deseo, la guerra y la fantasía, pues toda cultura urbana
resulta ser psicofísica antes que funcional. A su turno,
llamamos "arte" a uno de los desdoblamientos urbanos
-donde "urbe" significa "un mundo"- que la
población, por una hondísima necesidad, generó
a fin de dar respuesta a interrogantes fundamentales de la existencia.
Muerte, nacimiento, ruina, esperanza, alegría, dolor, abundancia
del mundo, horror, presencia de otro rostro, ausencia de otro
rostro. Con estos temas arcillosos se hace arte. Toda obra dialoga
con estas preguntas que hacen presión tanto sobre la población
como sobre el cuerpo del artista. Es cierto, además, que
puede hacerse arte a partir de una publicidad de mercancía
de supermercado, con un mingitorio o con el diseño de un
vestido de alta costura. Pero sea la obra compuesta de barro o
de sustancia celestial, si ella no intenta dialogar con esas preguntas
imposibles de responder, no perdurará. En otras épocas,
muchas de estas preguntas no superaban el linde de la aldea o
del lenguaje cerrado de una nación. Pero hoy la esfinge
es cosmopolita y políglota; habla en todas las lenguas
y se establece en todos los puntos cardinales a la vez.
DOS
¿Cuándo comenzó? La emergencia de una palabra
en los lenguajes hablados acontece de forma secreta e inadvertida.
Su aparición, su deriva, sus metamorfosis, responden a
los caprichos y sapiencias de la continua e intensa conversación
colectiva -aún cuando la palabra sea propiedad en un comienzo
de un gueto o de una secta-. Pero la palabra "globalización"
no nació de esta horma. Por decirlo así: cayó
desde el cielo. Su inclusión -su injerto, cabría
decir- en los lenguajes públicos de políticos, periodistas,
intelectuales, tecnócratas, y -para no decir una palabra
de menos- de artistas, ha sido rápida, rampante, e imperativa.
Su uso ya habitual indica que nos hallamos ante una curiosa coincidencia
pública, que muchas veces alcanza aún a quienes
se consideran opositores unos de otros. Cuando esa palabra, además,
concita imágenes de perfección (globo, esfera, ciudadanía
internacional, intercomunicabilidad) la imaginación colectiva
tiende a fascinarse con estos nuevos planisferios tácitos
y con sus atractivos símbolos, mucho más cuando
los puentes de la memoria de un mundo anterior dejan de usarse,
e incluso se derrumban. Así ha sucedido siempre: las ilusiones
y espejismos siempre han asumido la forma idílica del oasis.
Pero la propagación de imágenes perfectas no es
nueva. Ya los primeros globos terráqueos, contemporáneos
a Colón, reorientaron la mirada de la gente cultivada.
Por entonces, los mapamundis dejaron de incluir el paraíso
y el infierno como "lugares" a ser tenidos en cuenta
por el observador, y Jerusalén dejó de ser ubicada
en el centro del Atlas, como era costumbre.
¿Pero cuándo comenzó? Los procesos mundiales
que han quedado abarcados en el concepto mágico "globalización",
y a pesar del intenso machaconeo publicitario que lo reclama recientísimo,
novedoso y multiétnico, tienen una historia. Esa historia
nos remontaría algunos siglos hacia atrás y haría
evidente la onda expansiva europea hacia los cuatro puntos cardinales,
cuya cresta de ola anterior asumió la figura y forma del
imperialismo a fines del siglo XIX. El impulso no se ha detenido,
aunque quien solo perciba el retorno de los flujos que han rebotado
contra los confines del mundo puede perder de vista que el punto
de impacto de la piedra donde se inició la marea sigue
en el mismo lugar. La primera aventura global que alimentó
la imaginación europea comenzó con el viaje de Magallanes
y está culminando, por el momento, con el navegar del usuario
por la guía telefónica de Internet. Un momento literario
significativo de este proceso lo constituyó la publicación
de La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne,
cuya jornada total comenzaba y finalizaba en Londres, entonces
capital del mundo. Pero ni "norte" ni "sur"
existen como realidades físicas, salvo que consideremos
a la ciencia geográfica bajo la figura del compás
político. Del mismo modo, los sistemas de numeración
y cálculos ligados a los mercados locales y a las formas
de clasificación tribales no se vieron sustituidos "espontáneamente"
por el actual sistema numérico, al cual los economistas
liberales pretenden "perfecto, democratizador y universal".
Para ello fueron necesarias las diversas formas de despliegue
de la economía europea por el mundo. Es decir, violencia
política y cultural. Y militar. Del mismo modo, la adopción
en 1884 de la línea que pasa por el Observatorio de Greenwich
como referencia para medir la longitud suponía un triunfo
geopolítico y no meramente un hito simbólico. En
fin, toda ciudad se ensancha a partir de una piedra basal.
Hoy, la palabra "global" parece disponerse al entendimiento
como un desideratum "humanista" y funcional, la última
estación de una vía férrea que conectaría
el inicio con el final de la línea. En el repiqueteo con
que periodistas, políticos e intelectuales tañen
a la palabra "globalización" retumba por lo bajo
un tono de amenaza, de obligación, de irreversibilidad,
de naturalidad indiscutible. Tanto podría tratarse de un
ultimatum. El proceso de globalización no solamente reorganiza
espacios sociales y modifica los tiempos antropológicos
-cabría decir: los aplana-; también despliega una
imagen de mundo al interior de cuyos confines una forma de vida
se hace formulable. Esa imagen abre un mundo en que se hace posible
la vida, pero a la vez cancela otros modos de experimentar los
bienes humanos. Y mientras más ese mundo se abre como imagen,
más se retrae la experiencia sensorial del habitat inmediato.
Cuando en 1783 los hermanos Montgolfier lograron elevar un globo
tripulado sobre París, la ciudad se ensanchó ante
sus ojos como una postal plana. Imagen global de la urbe que preanunciaba
a los actuales satélites geodésicos, capaces de
fotografiar la tierra con resolución de cinco metros. Pero
este tipo de imágenes, tanto como la obsesión por
la cronometración, suponen una logística desencarnada.
Un día de 1957 un satélite llamado Sputnik se elevó
de la tierra hacia el espacio y circunnavegó el planeta
a una velocidad hasta entonces nunca experimentada. Poco después,
ante los ojos de un hombre llamado Yuri Gagarin, el planeta se
develó como una película circular, pasada en cámara
lenta, aunque, curiosamente, el aparato que permitía "medir"
la tierra era minúsculo y acelerado. Algo había
sido conquistado y no necesariamente, en primer lugar, el espacio.
No es un dato menor que Gagarin fuera incapaz de escuchar ninguna
música de las esferas. La imagen global había logrado
que la abundancia de la tierra se comprimiera. Sé que estos
datos y puntualizaciones parecen obvios, machacones y cansinos,
pero tal parece que, de aquí en adelante, será necesario
recordarlos, y enfatizarlos, una y otra vez. Pues existió
la época en que la palabra "global" carecía
de sentido. Quizás algo de lo actual haya comenzado cuando
una línea aérea estadounidense adoptó la
forma del globo para promocionar su servicio. Fue hace muchas,
muchas décadas, y la empresa comercial se llamaba Panam.
Desde entonces, lo "local" y la "diversidad cultural"
han cambiado de ritmo y de signo.
TRES
¿Cómo apropiarse del devenir del mundo y de los
acontecimientos de la cultura desde una lengua y una experiencia
locales? "Local" es una palabra quizás inapropiada,
pues necesariamente su sentido se juega en el eje señalado
y orientado por lo "global". Inevitablemente también,
su uso teórico y político es defensivo. En Argentina,
defender lo "local" ante la irrupción de lo global
no deja de ser una pretensión paradójica, pues el
imaginario de éste país, y en especial el de Buenos
Aires -su mascarón de proa-, fueron erigidos con materiales
de construcción en gran medida europeos. Argentina fue
el nombre de una frontera entre "civilización"
y "barbarie", oposición fundante del ideario
de los grupos gobernantes desde mitad del siglo pasado. La imaginación
argentina ha sido, además, formateada por oleadas de inmigrantes
pobres venidos de España e Italia, tanto como de Ucrania
y Alemania. Y por una obsesiva mirada hacia las novedades de la
escena europea. Quizás Miami y Los Angeles hayan sustituido
ahora a París y Londres como olimpos de referencia, pero
el modo de orientación de la mirada "local" no
ha cambiado. Y sin embargo, Argentina es también zona latina,
y americana. Como efecto, paradojal también, Buenos Aires
es el nombre de un fenómeno psíquico singular: las
pugnas fronterizas entre las imaginaciones europea y latinoamericana
establecieron en esta ciudad un espacio de irresolución
que descargó angustia y frustración sobre la población,
y del cual la creación cultural -del tango al psicoanálisis,
y de la música urbana de los años sesenta al último
cine joven actual que enfatiza la autodestrucción del país
y el desamor de los argentinos por sí mismos- se ha hecho
cargo. Pero nunca lo local ha sido en este país antropológicamente
puro, ajeno a influencias de un afuera, sino efecto de tensiones
terribles. Lo propio, entre nosotros, siempre ha sido un poco
impropio -más bien, perplejo-, y lo ajeno un poco inevitable.
Pero mientras la "globalización" fue un proceso
apenas en ciernes y mientras la idea de nación seguía
siendo una obsesión y una política colectiva, la
creación cultural absorbía los influjos externos
y los maceraba en el círculo vital de las pasiones locales.
Un problema que enfrentamos hoy reside en la carencia -o pobreza-
de los lenguajes argentinos para dar cuenta de lo que ingresa
en su ocaso y de lo que se ensalza vitalmente en una ciudad, es
decir, para dar cuenta de la pasión de todos por las cosas
en común. En el siglo XVI las caravanas de la seda que
peregrinaban desde la lejana Cathay tardaban meses en llegar a
Samarkanda, y algunos más hasta alcanzar Europa. Hoy, la
imagen de una mercancía tarda un instante en hacer impacto
sobre una audiencia o mercado de consumidores. El estilo populista
internacional de corte norteamericano transporta al mundo mitos
del consumo, y a la vez es formateado por ellos, y son tan poderosos
como los emblemas religiosos y las historias de santos lo eran
en una época ya fenecida. Es evidente que las diferentes
expansiones europeas (la evangelizadora, la mercantil, la imperial,
la obrerista, la migratoria, la cosmopolita) han seguido las mismas
rutas y se articularon unas con otras. Pero la actual globalización,
habitualmente desgajada en sus rubros "cultural" y "económico",
es impensable sin su matriz tecnológica. En alguna medida,
el intento de diferenciar un impulso bueno y saludable -cosmopolita-
y otro malo y estamentalizador -económico- es ilusorio.
¿Qué tipo de valores genera este despliegue es una
pregunta que atañe tanto a la política como a la
ética y la estética? La técnica -ya dijimos,
osamenta del proceso- no es capaz de generar valores, tan sólo
nos conduce a otro nivel de organización de tiempo y espacio.
Los problemas de interpretación que trae aparejado el uso
de la palabra "cultura" suponen dilemas políticos
tanto como existenciales. Luego de la Segunda Guerra Mundial las
certezas acerca del sentido moderno de la cultura estallaron.
Lo popular, lo plebeyo, lo clásico y lo masivo cambiaron
de signo a medida que se desvanecían las tensiones entre
vanguardia, folklore y elitismo, y junto a ellas, algunas de las
formas políticas que las acompañaron. Pero esas
son apenas clasificaciones. Más importante: ¿de
que napa de agua surge la cultura? De la savia que hace germinar
cultura. La respuesta podría parecer tautológica,
pero si se tiene en cuenta que toda ciudad es un organismo vivo
se comprenderá que la creación cultural es la efusión
de un pueblo, y que las pinacotecas, las bibliotecas, las instalaciones,
los conciertos, todo el variopinto destilado de escritorios y
talleres, son frutos que pujan por ser desde raíces asidas
a sustancias elementales de la vida urbana no importa que
la obra resultante sea confirmatoria o rebelde, auspiciante o
agorera. La cultura es la fuerza que hace vivir a la ciudad, y
si ella está ausente o debilitada, una ciudad es poco menos
que una casa vetusta y desvencijada, o bien decorada a la última
moda pero con vencimiento fechado: algo inhóspito. El arte
no es un cinturón sociológico que da color y ritmo
a los procesos políticos de la globalización, sino
un modo de contacto somático y espiritual con los grandes
enigmas supuestos en las preguntas de la esfinge. Esos enigmas
surgen de experiencias que, como aves perdidas que encuentran
un nido providencial, son acogidas por el arte, así como
otras facetas de las mismas son amparadas por la fe religiosa
o por la acción política. El arte, horma fundante
de las personas, acoge los enigmas y sus respuestas -obras-, aún
cuando proporcionalmente sean misérrimas por comparación
a la envergadura de la pregunta, nos permiten disponer del sentido
de lo trascendente en nuestras vidas, sin el cual el portentoso
lapso de tiempo que nos es dado para permanecer aquí se
empobrecería y se marchitaría sin remedio. Y por
eso mismo, la creación cultural actual no debe ser entendida
como "eficacia simbólica compensatoria" en un
mundo global despiadado. Es algo más. Ese "algo más"
es un resto inasimilable por los discursos de la globalización
y no es reducible al mundo de la mercancía, pues "mercancía"
no significa nuevos bienes culturales al alcance de todo el mundo,
significa que todos los bienes del mundo están siendo transformados
en mercancía.
¿Qué puede hacer un artista argentino en una condición
social-global como la actual? Históricamente, la tensión
entre lo "importado" y lo "autóctono"
hizo del arte local un campo de lucha -de estilos, de estrategias,
de relación con la política- tanto como lo transformó
en un símil del aparato digestivo, del cual emergían,
ya asimiladas, obras desplazadas de su fuente de origen. A su
vez, la relación del arte local, no solo con la biografía
cosmopolita moderna del mundo, sino también con los dramas
sociales y existenciales de la Argentina, hizo que los artistas
se especializaran en el contrabando, el partisanismo, la construcción
de túneles de escape, la recusación, la interpretación
de runas retraídas y ásperas al entendimiento, la
supervivencia de sus pasiones en condiciones inhóspitas:
los especializó y singularizó en tácticas
asimilables al orden delictivo y al del desciframiento de voces
en estado de indefensión. Todo artista argentino ha tenido
que luchar con dos estrategias de opacamiento que el país
coloca ante sus ojos, estrategias que también son inherentes
a los actuales procesos de globalización -por más
rutilantes que ellos parezcan a primera vista-. Para combatir
esos camuflajes los artistas locales han recurrido al exceso y
la arbitrariedad tanto como al gesto amoroso y al asombroso. Estas
actitudes no suponen descarríos, como creen los asépticos,
sino los riesgos inherentes a los actos de arte. Quizás
le sea imposible al arte -tanto como el pensamiento- proceder
de otro modo, pues toda cultura prospera y medra en estado de
empañamiento, a la vez que apuntala continuamente una costra
impenetrable, que disimula un fondo volcánico. Y como tal,
activo, confuso y tenebroso. Por eso mismo, en lo local como en
lo global, y ante la esfinge que le propone acertijos a su paso,
el artista avanza con ojos de zahorí.