Texto publicado en
"Beyond the fantastic", editado por Gerardo Mosquera,
INIVA, Londres, 1995. Publicado por Trama con permiso del autor.
Abordar el asunto del acceso a
las corrientes mayoritarias o mainstream del arte es plantear
el tema del éxito en el mercado. Por ello, siempre ha suscitado
emociones encontradas -fundamentalmente ambición y resentimiento-,
emociones que se dan con singular intensidad en los artistas marginados
del grupo social que produce y sostiene lo que se considera arte
mayoritario. A pesar de que el término se reviste de repercusiones
democráticas al sugerir la existencia de una institución
liberal que goza da apoyo de la mayoría, es en realidad
un ordenamiento más bien elitista que refleja una clase
social y económica en particular. En realidad, la corriente
mayoritaria presume la existencia de un grupo reducido de cancerberos
culturales y representa un grupo selecto de naciones. Denomina
una estructura de poder que promueve una cultura hegemónica
autodesignada. Por ello, la ambición de llegar a formar
parte de este ordenamiento y el deseo de echarlo abajo a menudo
surgen a la par en aquellos individuos que se sienten o son preferidos
por el mismo. Del origen o trasfondo de cada individuo dependerá
cuán difícil se torne el acceso de unos y otros.
El debate sobre las tribulaciones de los diversos grupos étnicos
o nacionales, las anécdotas en torno a los triunfos y fracasos
en sus intentos por lograr el acceso a la corriente mayoritaria
del arte, no esclarecen el asunto; por el contrario, lo confunden.
Lo que sí amerita atención son los elementos comunes
a la experiencia de todos ellos, es decir: el colonialismo corno
fuerza que afecta tanto a las colonias internas corno a las externas;
los valores inculcados por instituciones educativas que disocian
a los individuos de su iden-tidad; la consagración por
el mercado del triunfo individual como fetiche por sobre el proceso
de creación de la cultura. Estos son los asuntos medulares.
Es por medio de estos elementos que el mercado se convierte en
herramienta de homogeneidad, y la corriente dominante se convierte
en un eufemismo de sus propias acciones.
Este siglo ha sido testigo de la introducción de métodos
nuevos y productivos de análisis de los procesos y problemas
de arte. Algunas de las actitudes irracionales y oscurantistas
previas se descartaron, y ahora podemos concebir el arte más
bien como un modo de conocer y de formular y resolver problemas
dentro de ese modo. Esto, que acogemos con beneplácito,
ha despejado un tanto el campo del arte. Ha tenido también
consecuencias menos positivas: cuando estas premisas analíticas
se extremaron, se llegó a la conclusión de que el
arte debía percibirse en términos formales, y que
estos términos -no muy distintos de los matemáticos-
deberían homogenizarse y desembocar en un "estilo
internacional". De hecho, el concepto de "estilo internacional"
es uno que puede considerarse útil para el logro de la
hegemonía política y el expansionismo cultural.
El modernismo que se desarrolló en los centros culturales
occidentales durante este siglo -específicamente el mito
del arte abstracto- siempre se asoció con la promoción
del estilo internacional, y éste se utilizó, a la
larga, como respuesta cultural al "totalitarismo", que
a su vez fue un término de la Guerra Fría ideado
para menoscabar la autocracia soviética al clasificarla
junto con el régimen nazi. A la par con este desarrollo,
"naciona-lismo" advino a ser símbolo de regresión
cultural, lo que redujo la utilización del concepto como
instrumento anticolonial. Dado que este expansionismo cultural
comprendió un crecimiento del mercado, fue fácil
que el mercado aceptase estas condiciones como normas. Como resultado,
los artistas étnicos y nacionales que pertenecían
a culturas sometidas sólo podían triunfar en el
mercado si trabajaban siguiendo un repertorio formal aceptable,
mientras que las expresiones étnicas y nacionales debían
restringirse al contenido. Este etnicismo residual daba lugar
a que el producto se percibiese como un tanto exótico,
lo suficiente como para que el mercado retuviese, de forma satisfactoria,
una imagen propia de amplitud y pluralismo. El etnicismo residual
también evidenciaría las "raíces"
del artista en su comunidad natal. No obstante, el orgullo comunal
fijaría su atención en el hecho de que el artista
"llegó a ser alguien" en el mundo del arte, en
vez de preciar el aporte del artista a la cultura de su comunidad.
Por ejemplo, a artistas tales corno Romare Bearden o Fernando
Botero, se les reconoce en sus comunidades por los precios que
atraen sus obras en el mercado, más que por los posibles
cambios de perspectiva que puedan haber aportado a sus compatriotas
o grupo étnico. Un síntoma evidente de colonización
es la tendencia de considerar el pasar de una cultura subordinada
a una cultura hegemónica como señal de progreso
o de superación.
En años recientes, el eclecticismo en boga en el mercado
-el pastiche postmodernista- por el momento ha ocasionado algunas
fisuras en este cuadro. A la identidad italiana y a la alemana
-según las proyectaron los neoexpresionistas y los transvanguardistas
se les concedió un espacio, a pesar del hecho de que no
conforman del todo la noción de la hegemonía internacional.
A través del arte del graffiti y del arte feminista, la
afirmación de una identidad grupal distintiva ha logrado
el derecho a exponer, y al kitsch se le permitió desafiar
el purismo formalista. Mientras los participantes en esta diversificación
de las corrientes mayoritarias no han asumido cabalmente la responsabilidad
por la ideología implícita de sus obras, es evidente
que sus contribuciones tienden a engranar en las dos categorías
del postmodernismo: el izquierdista y el derechista. El postmodernismo
derechista -tomemos por ejemplo a David Salle- reintroduce productos
mercantiles viejos, casi regurgitados, revitalizando su potencial
en el mercado. El postmodernismo de izquier-da -tomando a Kenny
Scharf como ejemplo de la expresión de identidad y a Hans
Haacke en lo político-- ha introducido en el mercado elementos
hasta ahora inaceptables cuyo éxito alienta la esperanza
de que la definición de la corriente mayoritaria pueda
cambiarse(1).
La desilusión le pisó los talones a la esperanza.
Una galería multinacional reinternacionalizó estos
ofrecimientos. Hasta tanto las galerías y los precios multinacionales
las equiparon Alemania e Italia eran el equivalente artístico
de lo que Corea y Taiwan son para la industria. Lo chic templó
el filo del postmodernismo izquierdista para ajustarlo mejor a
las exigencias de las galerías. La diversidad se fundió
en el repertorio más amplio del mercado y lo que pudo haber
sido una innovación cultural fue reducida a no más
que un incremento en el abasto de mercancías. Existe una
tienda en Massachusetts que ofrece «comida auténtica
de fast food.» Lo que quizás intentaba ser una sátira
incisiva terminó prestando carta de autenticidad a un ersatz,
al ser usurpada por la misma institución que atacó
a sus inicios. La amenaza se disipó rápidamente
y el balance fue restablecido.
Tildar al mercado de malévolo es fácil. Sus incentivos
distorsionantes, su fariseísmo pedante, su aplanadora cultural
y su arraigado racismo lo convierten en un blanco vulnerable.
Pero en gran medida, estas acusaciones parten de la premisa de
que, dadas ciertas condiciones, se puede enmendar el mercado si
tan siquiera existiesen críticos y curadores minoritarios,
si al menos el acceso fuera más fácil para los artistas
minoritarios, si tan sólo hubiese más galerías
para las minorías, y más espacio para los artistas
minoritarios en las galerías del arte dominante. Cuando
las críticas al mercado de arte siguen este rumbo, perdemos
de vista el hecho de que el mercado responde en primera instancia
a su propio interés, se sirve a sí mismo y a un
sistema socio-económico determinado y que continuará
haciéndolo así, no importa los cambios en raza,
sexo o nacionalidad de los que lleven la voz cantante en el mismo.
Ampliar el ruedo de los participantes sin duda ayudará
a que los individuos sobrevivan mientras trabajan. Pero este logro
no debe confundirse con una revolución en contra del mercado.
Las culturas oprimidas o periféricas continuarán
en desventaja en tanto y en cuanto sus propios mercados permanezcan
en desventaja. Prevalecerá la erosión de los mismos
siempre que la internacionalización servil se perciba como
una señal de prestigio.
El acceso al mercado dominante del arte es de hecho la mercantilización
del artista. A fines de los años 60 se dio impulso a lo
que se llamó Capitalismo Negro. Evidentemente, promocionaba
más el capitalismo que la negritud. El supuesto incuestionado
era que el capitalismo es la mejor -si no la única- forma
de vida, y que al dignarse a invitar a que participen del mismo
o al prestar alguna ayuda para ello, los problemas críticos
se desvanecerían. No se trataba -según se alegaba-
de un asunto de «integración» en el cual los
problemas de dos contendientes se analizarían con la intención
de crear una tercera alternativa. Era cuestión de tolerar
el acceso de una de las partes a la corriente controlada por la
otra. No se suponía que el capitalismo cambiase, se trataba
de una expansión del mismo.
Ha llegado el momento de concentrar nuestro esfuerzo crítico
sobre el artista colonial, más bien que sobre el mercado.
El artista colonial es esquizoide e inseguro. Por un lado, nos
morimos por exhibir en un museo o en las galerías más
prestigiosas. Si fallamos nos consideramos un fracaso. Por el
contrario, si alguien lo logra nos huele a soborno. Si un comentarista
blanco anglosajón opina sobre algún «asunto
de minorías», percibimos sus comentarios como ignorantes
o paternalistas, no importa si está bien informado o si
sus intenciones son las mejores. Si quien comenta es miembro de
una minoría dentro del contexto de mercado, descartamos
su opinión como parte del margen de libertad que calculadamente
se le concede a quien forma parte de una cuota representativa;
no aceptamos a cabalidad la declaración como prueba de
que en realidad la corriente mayoritaria ha cambiado.
La razón de ser de esta reacción ambivalente no
radica en el contenido de las declaraciones y sí en el
contexto en el que fueron hechas, y evidencia una desconfianza
que pudiera ser saludable si se utilizara adecuadamente. Es nuestro
enfoque obsesivo en el mercado, permeado por la frustración
de la inaccesibilidad real, lo que entorpece el uso correcto de
nuestro instinto. Sólo cuando nos resignamos al fracaso
es que apartamos la mirada y criticamos. Mientras hay la posibilidad
de triunfar criticamos en parte, pero nuestros hechos contradicen
las palabras. Mientras la crítica nos da una sensación
de vinculación con nuestra comunidad de origen, nuestra
meta apunta a entrar en la corriente, cueste lo que cueste.
Todo lo que el mercado acoja es arte, todo lo que repudie se considera
ajeno al arte. Esta división simplista pasa por alto el
proceso que tenemos que padecer en intento por lograr acceso al
mercado y las distorsiones poderosas a las que se nos somete.
El ímpetu de los artistas minoritarios dirigidos a lograr
su tajada en el mercado, a hallar un lugar en el centro de la
cultura hegemónica, es producto de la colonización.
Para lograrlo tenemos que pasar por un proceso de asimilación.
Cuando fallamos en nuestro proceso de mimesis, quedamos en estado
de afectación notorio y patético.
En todos los casos de minorías admitidas al mercado mayoritario
-los artistas extranjeros, los capitalistas negros que tocan a
la puerta del mercado dominante- el proceso de colonización
lleva a la internalización del deseo de asimilarse. Cuando
la colonización triunfa, la asimilación se torna
en algo "natural" e inevitable. Se nos permite entonces
competir y ser parte de la libre empresa, de modo que todos nos
convirtamos en los felices y crédulos poseedores de una
oportunidad igualitaria. Pero camino a este nivel, ocurren ciertos
cambios en las formas de expresión del individuo. Algunos
de estos cambios se hacen creíbles, otros no tanto. Si
son creíbles, la asimilación ha sido un éxito
total. Si no lo son, lo único logrado es afectación.
Lo expresado se percibe como muestra de kitsch, de "advenedismo"
o "arribismo". Encubrimos, a duras penas, la cultura
que olvidar con la cultura que hemos adquirido a medias, o reinterpretamos
espúreamente una cultura mal recordada para complacer una
cultura que apenas enten-demos.
Una reseña reciente sobre un concierto de la cantante peruana
Ima Sumac decía: "Su espectáculo fue una estilización
chabacana y sensual de la ópera al estilo del lado sur
de la frontera en la cual la cantante representó a una
diva en armonía mística con las fuerzas de la naturaleza."
Y continúa:" Réplicas de deidades de espuma
de estireno estaban colocadas a cada lado del escenario y la cantante,
con un vestido morado un tanto revelador, se comportó con
altivez teatral." Aunque es poco probable que el reseñador
esperase que la señora Surnac tomara prestadas deidades
incas auténticas del Museo Metropolitano, no obstante la
reseña es un inventario excelente de las muchas formas
en que la cantante transgredió los modales de la alta cultura
hegemónica.
Hasta la posible originalidad de sus violaciones fue considerada
de segunda categoría en una comparación con la «teatralidad
de Liberace» hecha luego. Ausentes de la reseña,
como es de esperar, quedan las transgresiones a su propia cultura,
las violaciones realizadas para conformarse al mercado que acogía
a Liberace y al reflejo de este mercado en Perú.
Colonización, asimilación y afectación, todos
son peldaños de la misma escala que sólo se distinguen
por su distancia de lo que se considera el peldaño superior.
Casi todos los que hemos arribado de culturas diferentes hemos
pisado estos tres peldaños, en parte por decisiones personales,
pero mayormente por presiones culturales y sociales que no reconocimos.
Los tres pasos implican una sustitución de valores culturales,
una pérdida de lo que poseíamos. Más grave
aún, hemos lesionado nuestra habilidad para escudriñar
nuestra propia realidad y dar con los fundamentos de nuestra propia
independencia. Los artistas que emigramos de otros países
fuimos objeto de escuelas de arte estructuradas tardía
y parcialmente al estilo de aquellas en los centros culturales.
A los que vivíamos en los centros culturales se nos procesó
directamente para fundirnos en el crisol de las razas. En ambos
casos, se nos infundieron dos conjuntos de necesidades artificiales
que nos llevaron a creer que, de hecho, los centros culturales
y sus valores definen el tope de la escalera y que nuestras culturas
nacionales -las oprimidas- son inválidas. Sin embargo,
en algún lugar, permanece un eslabón con vida que
nos repatria a estas culturas definiendo el germen de una conciencia
opuesta a la corriente dominante.
En nuestra búsqueda para alcanzar la cumbre, terminamos
ubicados entre dos ejemplos interesantes: el de Lang-Shih-ning
y el de las damas de la alta sociedad uruguaya. Lang-Shih-ning
era el nombre chino del pintor' italiano Giuseppe Castiglione,
que vivió de 1688 al 1766. Fue a China, trabajó
con el emperador Chien Lung, y trató arduamente de erradicar,
con poco éxito, su adiestramiento artístico occidental
en aras de convertirse en un pintor cortesano chino. En Uruguay,
a fines de la década de 1950 se puso en boga entre las
damas de sociedad ociosas el cultivar su creatividad pintando
acuarelas orientales. Se celebraban varias exposiciones en cada
temporada, y cuanto más «auténtica»
luciera la pintura, mayor crédito recibía. El primer
ejemplo trata de la asimilación mercenaria dirigida a mejorar
el desempeño artístico. El segundo, de pecar de
afectación. En sus actividades, ni Lang-Shin-ning ni las
damas uruguayas fueron llevados de la mano por el colonialismo,
como lo somos nosotros. Pero a todos se nos conduce hacia una
sustitución cultural cuestionable, una que no se debe permitir
que ocurra casual e incautamente a través de un impulso
mimético inconsciente.
Se nos enseñó a considerar el arte como un proceso
apolítico, desprovisto de consecuencias políticas
y que opera en un ámbito no político. Cuando la
política se filtra en nuestro trabajo, su presencia se
limita a un contenido residual que aplaca de algún modo
nuestra conciencia, pero sin obligarnos a revisar nuestras estrategias.
Nos negamos a ver que la política no se reduce simplistamente
a mero contenido. Vivimos el mito enajenante de creer que somos
primordialmente artistas. No es así. Somos, en primera
instancia, seres éticos que discernimos entre el bien y
el mal, lo justo y lo injusto, no sólo en el ámbito
individual, sino también en el contexto comunal y regional.
Para sobrevivir como seres éticos necesitamos una conciencia
política que nos ayude a comprender nuestro ambiente y
desarrollar estrategias para actuar. El arte se convierte en herramienta
que hemos se-leccionado para poner en práctica estas estrategias.
El optar por ser artistas constituye una decisión política,
independientemente del contenido de nuestra obra. Lo que definimos
como arte, la cultura que hemos de servir, el público al
cual nos dirigimos y lo que hemos de lograr con nuestra obra,
son todas decisiones políticas.
Por lo tanto, no se trata de nuestra entrada a la corriente mayoritaria,
se trata del acceso de la cultura mayoritaria a nosotros. Sólo
concebido de esa manera, la corriente mayoritaria puede actuar
corno una caja de resonancia de nuestras actividades sin arrancarnos
las entrañas. Si nos acoge o nos ignora es secundario.
De importancia primordial es que permanezcamos en el oficio de
crear cultura y conozcamos al detalle qué cultura estamos
forjando y para quién. De igual importancia es aplacar
nuestro ego. La idea de que somos creadores de una cultura puede
llevarnos a creer que lo hacemos sin ayuda. De hecho, nuestro
papel se equipara al que de un bloque más en la construcción
de un edificio. En ciertas circunstancias esta actitud puede interpretarse
como una posición separatista; no lo es. No implica una
regresión al nacionalismo provincial o a la intolerancia.
Es una posición que sostiene que lo que atrae al mercado
no necesariamente beneficia nuestros intereses, mientras que detener
el colonialismo sí. Hay una diferencia sustancial entre
autonomía cultural y patriotería. La autonomía
cultural genera individuos indepen-dientes, la patriotería
sólo conduce al racismo y, concediéndole el poder,
al imperialismo. Imperialismo no es más que provincialismo
con poder de atropello. En realidad, lo que aquí se plantea
es el reordenamiento de prioridades en un momento en el cual un
cambio social, radical y urgente, todavía parece fuera
de nuestro alcance.
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Artista.
Ciudadano uruguayo, nacido en Alemania, vive en EE.UU desde 1964.
Profesor de Arte en la State University of New York desde 1969.
Su obra forma parte de las colecciones permanentes del Museo de
Arte Moderno, el Metropolitan Museum y el Whitney Museum de New
York, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, el Museo de Bellas
Artes de Santiago de Chile, el Museo Universitario de México,
el Museo de Bellas Artes de Caracas y el Museu de Arte Contemporánea
de Sao Paulo, entre otros.
Publicó artículos y ensayos sobre arte en Marcha,
Montevideo; Arte en Colombia, Bogotá; Third Text, Inglaterra;
Art in America, New York; New Art Examiner, Chicago; Art Nexus,
Bogotá; Brecha, Montevideo; Spiral, New York; Nacla, New
York; etc.
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